domingo, 4 de febrero de 2018

Tiempo

     ¿En qué momento el día ha pasado a tener menos horas? ¿Por qué antes me bastaba el fin de semana para hacer todo lo pendiente y descansar y ahora no me basta ni para ponerme al día? ¿Cuándo las horas dejaron de tener sesenta minutos para ser un suspiro?
     De lunes a viernes no doy a basto con el trabajo, la familia, los estudios y las obligaciones varias. Voy arrastrando tareas pendientes que se van acumulando para despejarlas el fin de semana. Cuando llego al viernes, medio desahuciada, sólo deseo que amanezca el sábado para despertarme un poco más tarde y ponerme a hacer lo que no me ha dado tiempo entre semana.
    Sin darme cuenta, me planto en el sábado noche. Ni he terminado la mitad de lo que había planeado, ni he quedado con nadie. Las diez y no va a haber fiebre de sábado noche (a no ser que coja la gripe) ni tonight va a ser tonight a no ser que el repartidor de pizza se equivoque, llame a mi casa y le entre un calentón monumental al verme en pijama de ositos.
    Otro sábado de mi vida desperdiciado entre papeles, fregonas, lavadoras y polvo (del que se acumula en los muebles, no del que te da gustito).
    Me acuesto con el único consuelo que me queda: dormir ocho horas seguidas. Y amanece el domingo. Un domingo esplendoroso, brillante, luminoso, ideal para aprovechar e ir de excursión. Y la puta voz de mi conciencia me martillea insistente para que termine lo que ayer no pude acabar. Así que, para no oírla más, allá que voy otra vez.
     De repente, miro el reloj. Las siete de la tarde. De un domingo esplendoroso que ha pasado a mejor vida mientras yo me enterraba entre obligaciones y deberes. Como consuelo me queda... No me queda un puto consuelo porque, una vez más, he aprovechado un fin de semana para trabajar. Un fin de semana que no da más de sí, como yo. Un fin de semana que antes era eterno y que ahora es efímero como mi sueño de caber en los vaqueros de hace diez años.
     Y mañana lunes. Y otra vez a echar los higadillos para llegar a todo y darme cuenta de que ya es viernes por la noche y sólo anhelo tirarme en plancha en la cama para dormir.
    Creo que alguien me está haciendo luz de gas y está adelantando todos los relojes de mi casa. O unos extraterrestres cabrones han cambiado algo en el universo y han acortado el día. Algo ha pasado, porque a mí ya no me da para lo que me daba antes. Y lo que es peor: ¡no hay forma de que acabe el condenado mes y me ingresen la nómina!
    ¡Puta vida!

domingo, 28 de enero de 2018

No soy yo

      Llegados a este punto tal vez convendría recordar ciertas premisas fundamentales. Tú no eres el/la protagonista de todas mis historias. Ni siquiera de algunas. Ni siquiera yo lo soy. Te pareces, me parezco, tenemos rasgos, indicios, pero no.
     Ni tan siquiera la Luna es la misma Luna que tú y yo vemos. La Luna de aquí no tiene ninguna huella humana, ninguna bandera. Si acaso, habita en ella algún gato de Cheshire cansado de vagar por la Tierra.
     Los desnudos no son los nuestros. Ni los deseos. Ni tu pelo ni mi pelo, ni tus labios ni los míos. Las vivencias no son las mías aunque a veces lo deseara. Tampoco las tuyas. Ni siquiera tú eres tú. Ese tú es ellos.
     No te sientas protagonista ni secundario. No me creas protagonista. La literatura es así, tiene parte de mentira y parte de verdad. Y la parte que es mentira no siempre lo es del todo. Ni la parte que es verdad es del todo cierta.
     Sólo disfrútala.

domingo, 21 de enero de 2018

Perspectivas

     Una foto cualquiera. El encuadre sólo coge la puerta de un coche abierta por la que asoman unas bonitas piernas de mujer acabadas en finos tacones. Enfrente de ella, un motero con la mano extendida. Bajo la foto, una frase: “ dame la mano, te mostraré la verdadera felicidad”.
     Por algún motivo la mayoría de gente interpreta que es el motero quien alarga la mano a la mujer para ofrecerle esa felicidad que sólo un hombre y una moto pueden proporcionar. Atención: ambos (hombre y moto) para regalarle esa felicidad deben colarse entre sus piernas.
     Por algún extraño motivo yo lo veo desde una perspectiva diferente. Es la mujer quien pronuncia esa frase y el hombre el que extiende su mano para dejar que le muestren esa felicidad que la fémina promete.
     ¿Por qué debe ser siempre el hombre el que rescate a la mujer? ¿Por qué seguimos propiciando los cuentos de príncipes y princesas? Sí, de acuerdo, aquí la felicidad se supone que la da la moto...
     ¡Y una mierda! Si fuera así, la motera sería la chica y el que sale del coche un chico. O incluso podrían ser dos mujeres o dos hombres. ¡Qué más da! No, aquí no hablamos de una moto ni de la felicidad que produce la libertad de la velocidad sobre dos ruedas. Aquí se va más allá de lo que se muestra en la superficie. Aquí se sigue hablando del caballero que rescata a su dama en su blanco corcel. Se reitera la idea de que el hombre es el que salva a la mujer (del dragón, del tedio, de lo que sea).
     Seamos princesas si queremos, pero abandonemos esa idea dañina de que es el hombre quien rescata, quien ayuda, el que da la felicidad, el que paga, …
      Seamos más que princesas, seamos mujeres con toda la magnitud que eso significa.

martes, 16 de enero de 2018

Conversaciones

     - ¿Sabes? Quiero creer en cuentos de hadas y princesas, pero cada vez resulta más difícil, frustrante y descorazonador.
      - Yo cada vez veo más parejas que sólo se soportan. O parejas que no tienen cojones de dar el paso y aguantan como pueden.
    - Sí. Y más separados que, escarmentados, huyen como de la peste de todo lo que huela ligeramente a compromiso.
      - También. Yo mismo soy así en este momento.
     - Ya. Pero yo no quiero un compromiso al uso. No quiero una casa con jardín, ni formar una familia, ni que me paguen mis facturas, ni compartir las facturas de nadie, ni siquiera la casa de nadie, cuánto menos la mía. Yo quiero a cada uno en su respectiva casa y juntarnos cuando nos apetezca y para lo que nos apetezca. No sólo para el folleteo. También quiero apoyo emocional, quiero cariño. En cuanto a la fidelidad... Debería ser recíproca. Y no estoy segura de poderla prometer.
      - Ya lo sé. Eres la única con quien lo siento así. Y yo también quiero eso pero, mira, el destino es cruel.
      - El miedo es cruel. Tú, como todos, me tienes miedo. Y aún no sé de qué.
      - No es miedo, es... No sé qué es.
      - Creo que ningún hombre está preparado para mí.
     - Seguramente. Eres demasiado libre, demasiado sencilla y compleja a la vez. Eres demasiado distinta.
      - Y esa es mi condena.

martes, 9 de enero de 2018

¡Qué cachondo, el grajo!


      Acabamos de aterrizar en el invierno como aquel que dice y ya nos está haciendo sufrir de lo lindo. Donde yo vivo no es que haga frío, no, es que se ha instalado el clima polar. Claro, si yo lo entiendo. Cansado de tiritar, ha buscado un lugar más cálido y no ha tenido otro lugar al que venir que este.
       Pero es que aquí no estamos preparados para esto. Nos supera. O al menos a mí. Tal vez soy yo la única que va forrada a capas como una cebolla, la que se parece al muñeco Michelin y va tan embutida en la ropa que no puede ni moverse.
      De hecho, he pospuesto todas mis citas con hombres hasta la primavera del próximo año. Porque así no hay manera. En lugar de presentarme la mar de mona con una minifalda, los tacones de vértigo y escote de no te menees tengo que ir con unas medias térmicas, un pantalón interior para la nieve, vaqueros una talla más grandes de lo necesario para poderme meter en ellos con todo eso debajo, calcetines y botas de montaña, camiseta interior térmica, jersey de cuello vuelto, jersey de lana, bufanda, guantes y un abrigo de plumón que abulta más que mi coche. Yendo de esta guisa, que sólo se me ve una tercera parte de la cabeza y en lugar de caminar parece que voy rodando, a ver quién es el valiente que me pide una segunda cita.
       Y es que soy tremendamente friolera. Estoy convencida de que quien fuera que me puso en este punto del Planeta fue por pereza. Porque yo debería haber nacido en las Bahamas, o en las Seychelles, o en algún lugar paradisíaco de esos que no bajan de los 25º C ni de coña. Pero no, me quedé aquí, a medio camino del Paraíso.
      Que no es que se esté mal aquí, no. En primavera y verano estoy como Dios. Pero cuando llega enero y veo que el termómetro de mi coche a las 7 de la mañana marca 0ºC, que en mi trabajo se estropea la calefacción cinco días a la semana (los laborables, claro), que a mediodía la máxima es de 10º C y que las plantas de mi terraza han muerto por hipotermia, pues como que no me hace maldita gracia ver al grajo de las narices volando bajo. Que estoy por engancharle un globo de helio, a ver si así se eleva y puedo ponerme la minifalda que me compré en el black friday.

jueves, 4 de enero de 2018

Propósitos de año nuevo alternativos

        Ahora que ya han pasado los primeros días del año nuevo y, con ellos, las resacas (sí, así, en plural), las comilonas, el fervor de los buenos deseos y toda esa parafernalia es el momento de pensar en los propósitos que me hago para estos próximos trescientos sesenta y un días.
      El típico propósito de dejar de fumar no me sirve. No fumo. Y, obviamente, no voy a empezar a fumar para poder cumplir un propósito.
      El segundo propósito típico de estas fechas suele ser adelgazar. No diré yo que perder unos cinco kilitos no me iría de maravilla pero, como tampoco me va la vida en ello y lo tomo como un plan a larguísimo plazo, no me sirve como propósito.
     Lo de hacer más deporte es del todo impensable con el ajetreo de vida que llevo, así que ni lo contemplo.
     Aquello de ahorrar más, estaría bien, si no tuviera calculado mi sueldo al milímetro y si para conseguirlo no tuviera que dejar de atender mis gastos básicos, de manera que con llegar a fin de mes sin estar en números rojos me doy con un canto en los dientes.
     ¿Qué me queda entonces? Porque hasta ahora me está quedando una mierda de lista de buenos propósitos (que no lo había dicho, pero los propósitos tienen que ser buenos, de lo más fetén que, si no, no son propósitos ni son nada).
      Igual mejor pienso en las cosas que más me gustaría poder hacer...
      Para empezar, me gustaría poder viajar como mínimo dos veces al año. A cualquier parte, que una tampoco le va a poner pegas a todo. Tanto me da Nueva York como Canadá, París, Londres,
Florencia, Roma, Las Bahamas, …
    También podría añadir lo de comer más marisco. Además, creo que no engorda, ¿no? Los carabineros me pirran. Bueno, me pirran las gambas de cualquier clase, para qué nos vamos a engañar. Y el bogavante (qué rico el arroz caldoso de bogavante...), y la langosta (y no digamos la caldereta...), las coquinas (así a la plancha con un chorreoncito de aceite virgen extra...), y... Bueno, más marisco. ¡Oído, cocina!
      Luego podría darme más masajes. Los ayurvédicos, con aceites esenciales calentitos, dados por las manos fuertes de un maromo de metro noventa, pelo negro y ojos verdes (tonalidad esmeralda, por favor) tienen que ser de vicio.
     Y, ya que hablamos de maromos, no puede faltar en esta lista de propósitos el vicio por excelencia: el sexo. Para este nuevo año uno de mis propósitos va a ser disfrutar más de él. Del sexo, digo, no del maromo de ojos verdes (que ya quisiera yo). Para ello voy a tener que hacer una inversión importante (a ver cómo me las apaño) porque, claro, uno piensa que para disfrutar del sexo hay que ser dos. ¡Pues no! Craso error. Para disfrutar del sexo me han dicho que lo mejor que hay son las varitas mágicas. No, no son esas de los cuentos de hadas. Esas no valen una mierda comparadas con las que yo digo. Estas son como un micro de karaoke pero en versión placentera. Las enchufas, te las enchufas donde le plazca (nunca mejor dicho) y ríete tú del maromo de ojos verdes. ¡Decidido! ¡Esta pasa a ser mi nueva prioridad!

domingo, 31 de diciembre de 2017

Cual Conejo del País de las Maravillas

      Siempre corriendo, siempre con prisa, siempre con el reloj pegado al culo. Así es mi vida. Cuesta abajo (por lo de que se baja más rápido, no por lo fácil que tengo las cosas), sin frenos, sin casco, sin volante, a veces sin dirección y a toda mecha. De manera que es fácil que el hostión sea de aúpa.
      Por la mañana, procuro levantarme antes de lo que debería porque ya me conozco. Como no me gusta correr (¡qué guasa tengo!), me preparo el desayuno tranquilamente, me siento a tomármelo mientras aprovecho para leer un poco y, en cuanto levanto la cabeza y veo el reloj de la pared de enfrente, me da el telele.
      Primero acelero con mesura. Me preparo un tentempié sin prisas pero sin pausa, que los cuchillos los carga el diablo y aprecio mucho mis diez dedos. Luego meto la directa y me tiro de cabeza a la ducha pero, claro, que una no es un hombre, que una necesita unos cuidados: que si el champú, que si la mascarilla para pelo seco, que si mientras llevo la mascarilla me paso la cuchilla por las piernas y las axilas, luego me enjabono el cuerpo y después viene el aclarado y el secado. 
     Pero no acaba ahí la cosa, no. Que falta la crema hidratante de cuerpo, el desodorante, el spray este del pelo que sirve para darle volumen y la hidrante de la cara y el contorno de ojos
     Ahora le toca el turno al secador de pelo, que una lo tiene como lo tiene y no se puede permitir dejarlo secar al viento. Y bueno, no hablemos del restaurado facial: antiojeras, polvos sueltos, eyeliner, rimel, colorete y rojo de labios. Que para la edad que tengo estoy monísima de la muerte, pero a la naturaleza de vez en cuando hay que echarle una manita.
     Cuando ya estoy lista me meto en el coche y pongo el turbo. Casi nunca llego tarde al trabajo porque soy una Shumacher al volante. Que ya es porque Ferrari no sabe que existo, que si no me hacen un contrato millonario sólo con ver cómo me muevo entre los obstáculos que me voy encontrando.
     Parece que la peor parte ya haya pasado, pero no, queda la vuelta, la cual me tomo con calma porque ya me ha bastado correr a la ida y tampoco hay que tentar a la suerte. Y como voy de relax llego a casa a las tantas. Entonces vuelvo a mirar el condenado reloj de la cocina y me acuerdo de todos sus ancestros.
     Tengo clase de inglés a las cinco y son las cuatro. Me meto entre pecho y espalda la comida sin miramientos y echo a volar otra vez a la carretera, que a ver quién es el guapo que aparca en pleno centro. Como en el fondo soy una suertuda, encuentro aparcamiento al lado de la escuela de idiomas y llego justo a tiempo.
     Mis dos horas de clase han terminado y se puede pensar que ya puedo ir tranquilita a casa. Pero no. Justo cuando entro en el coche recuerdo que tengo una cita con aquella amiga a la que hace tanto tiempo que no veo. La cita es en veinte minutos. Al otro lado de la ciudad. Bien, me gustan los retos (eso y que no me queda otra).
      Esta vez voy más al estilo de Fernando Alonso porque es la hora punta de salida de los trabajos y hay embotellamiento en cada semáforo. Llego diez minutos tarde, pero por suerte mi amiga recuerda como soy y me quiere mucho.
      Finalmente sí, llega la hora de ir hacia casa. Pero de relax nada, que son las diez de la noche y no he cenado. Y voy contrarreloj, porque no es bueno acostarse con el estómago llego. Así que después de cenar, aprovecho para revisar correos, contestar whatsapps pendientes y leer otro poco, pero tampoco mucho, que mañana tocan diana a las seis y tengo que dormir mis ocho horas.
      Pues eso, lo que decía: me paso la vida corriendo como el Conejo del País de las Maravillas. En la próxima vida me pido el Sombrerero Loco a ver si así me lo monto mejor.