martes, 14 de noviembre de 2017

Roll-on.

      En el mundo pasan cosas muy extrañas que, por estar acostumbrados a verlas prácticamente a diario, tal vez nos lo parezcan menos.
      Un ejemplo es ver cómo hay mujeres que se maquillan al volante. Te paras en un semáforo o en un atasco, te giras a derecha o izquierda para buscar un entretenimiento y ahí está, esa mujer maravillosamente hábil que lo mismo te hace un requiebro por el carril de la izquierda de una rotonda que se esparce maquillaje desde el nacimiento del cabello hasta el canalillo como si no hubiera un mañana.
      Como la fila no avanza, saca una brocha gorda y empieza a darse brochazos a diestro y siniestro entre una nube muy glamurosa y nada práctica para ver a través del parabrisas.
     En el siguiente semáforo le toca el turno al eyeliner y al rimel. ¡Toda una profesional de la restauración, oiga!
     Sin embargo, nada como el cuajo de la fémina del otro día que, arregladísima y divina de la muerte con pantalón negro y camisa blanca rebosante de elegancia, a unos metros de cruzarse conmigo, saca un desodorante roll-on del bolso monísimo que llevaba, se mete la mano por el escote hasta llegarse a la sobaquera y empieza a restregarse el producto con frenesí.
      Sólo espero que el desodorante fuera de los que no dejan marcas en la ropa. Sería una pena, con lo mona que era la blusa. Estoy en un sinvivir. Igual otro día me la vuelvo a cruzar y se lo pregunto. Aunque, a saber qué se estará desodorizando la próxima vez.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Ante los astros.

     Y al final me llevaste ahí, a aquel lugar perdido y maravilloso en el que nosotros somos sólo nosotros, en aquel lugar en el que la Luna brilla inmensa con un cálido dorado en lugar de su frío plata, donde las estrellas son más grandes y luminosas, donde, sin apenas luz, nos vemos mejor que nunca.
      Y entre el frío y el éxtasis de tanta belleza nos reconocimos el uno al otro con las manos, con las lenguas. Tus manos grandes y fuertes fueron las de siempre, las de antes. Tus caricias, tiernas y cálidas, como en verano. Tus besos, largos y entrecortados por el ansia y los nervios.
     Y mi cuerpo se fundió con el tuyo ante los astros, largo tiempo, sin prisa, gozando cada roce. Reímos como antaño, como siempre. Hablamos susurrando y gemimos, tú quedo y contenido, yo... Bueno, ya sabes cómo soy yo, como un lobo aullando a la Luna.
     Y allí de pie, con Ella a la derecha, Casiopea enfrente, en lo alto, nada más alrededor y tú detrás de mí, sujetándome por las caderas, sintiendo mi pelo en tu cara, me derretí entre tus manos una y otra vez.
    Y partirás de nuevo. Y te echaré de menos. Y nos seguirá quedando pendiente esa playa solitaria y oscura para el próximo verano. Y la Luna y las estrellas ya nunca más volverán a ser lo mismo que antes de anoche.

martes, 31 de octubre de 2017

Cafeína en vena, por favor.

      Estoy a un paso de darme la vuelta como un calcetín de tanto bostezar. He descubierto que el ser humano (al menos yo) tiene la capacidad de abrir tanto la boca que se nos podría confundir con un agujero negro.
     Y es que hoy el sueño me puede. Esta madrugada, a las 3 concretamente, al perro de la vecina le ha dado un ataque de ansiedad y se ha puesto a ladrar como si no hubiera un mañana. La fiesta ha durado hasta las 5:45 a. m. Para entonces yo tenía los ojos como huevos de gallina de granja tamaño XL. Me he puesto mi aplicación de “lluvia perfecta” y, cuando ya estaba cayendo en un duerme-vela aceptable, sin piedad suena el despertador a todo volumen.
     Pues nada, ¡a levantarse toca! Después de dos cafés que había que cortar con cuchillo de sierra para meterles el azúcar, tres cápsulas de guaraná extra fuerte y una ducha fría me meto en el coche dispuesta a recorrer pacientemente los 65 km que me separan de mi puesto de trabajo. Y digo “pacientemente” porque 50 de esos km me los paso en caravana.
      Hoy el pobre hombre que iba en el coche de atrás se ha llevado un susto de muerte. Se ha bajado después de que el coche que yo tenía delante hubiera recorrido unos 100 metros sin que yo me moviera de mi sitio. Se ve que el tipo se ha acercado a mi ventanilla, ha llamado con los nudillos y me ha encontrado apoyada en el reposacabezas con un hilillo de baba colgando. A saber qué habrá pensado para abrir la puerta de sopetón y tratar de hacerme el boca a boca pero, cuando he notado que me tocaban, esta vez he abierto los ojos como los huevos de antes pero fritos y he soltado un grito que ríete tú de los que se oyen en las mejores películas de terror. Vete tú a saber por qué el hombre no ha parado de echar pestes hasta que se ha metido de nuevo en su coche.
      En el trabajo la cosa ha mejorado poco, para qué nos vamos a engañar. He ido dando cabezadas en plan intermitente, ahora sí, ahora no, hasta que en una de esas me he dado en la frente con la esquina de la pantalla del ordenador. El jefe me ha dicho que si me la cargo la descontará de mi sueldo. ¡Qué cabrón!
      La vuelta a casa ha sido anodina. Antes de salir del trabajo he tenido la precaución de tomarme tres cafés dobles y otras tres cápsulas de guaraná extra-fuerte-hazme-efecto-ya-por-tu-madre. Debe haber funcionado porque he llegado a casa sana y salva. Con sueño, pero entera. Eso o tengo piloto automático.
      Ya en el hogar, después de bajarme de los tacones y tirar el sujetador a un lugar del que no quiero acordarme hasta la mañana siguiente, me he tirado en plancha en el sofá con la hermosa intención de ver mi serie favorita. No he llegado ni al título. Me he despertado dos horas después, justo con la sintonía del final del segundo capítulo.
     Harta ya de este día de mierda me he metido en la cama pensando que, por lo menos, no es demasiado tarde y esta noche sí podré dormir las horas que me hacen falta. Pero está claro que yo vivo en una mala imitación del día de la marmota porque, a eso de las 3:20 a. m. el maldito perro de la hija de puta de la vecina ha vuelto a tener uno de sus ataques y hemos vuelto a empezar con el mismo proceso de ayer.
      Porque es un rottweiler, que si no... Digo la vecina, claro.

jueves, 26 de octubre de 2017

Yo, así, no puedo.

       Mi vida social se reduce a los grupos de Whatsapp y a las redes sociales. Estoy al día de todos los cotilleos, desgracias, viajes, bodas, cumpleaños, rupturas, celebraciones varias y demás eventos públicos e, incluso, privados.
      Ayer me enteré de que el enésimo novio de mi amiga Manolita le ha regalado un reloj muy parecido al que le regaló aquel motero con el que salió durante tres semanas. ¡Vamos, tan parecido que yo diría que es el mismo! Estoy pensando que, como lo tiene repe, le voy a pedir si me lo vende a buen precio.
       Y hoy, a las 6:55 a. m. hora de Madrid, ha embarcado con destino a Filipinas Jesús, mi amigo gay de la universidad. A pesar de que nunca terminó la carrera, se pasa la vida viajando y colgando fotos de paisajes extraordinarios. Tiene un trabajo de mierda en una empresa de mierda, pero se ve que le da para estar más tiempo en un avión que en el sofá de su casa.
      El sábado pasado fue de lo más emocionante. Loli, mi vecina del 5º, colgó una foto de su hija Jennifer después de que su hermano Jonathan le metiera un mamporro en la boca y la dejara mellada.
      Paqui, una de mis compañeras de trabajo, colgó una de su perro meándose en un árbol. Eso sí, el árbol era precioso y Cuqui, el perro, llevaba un lacito nuevo en el moñete. Rosa. El lacito, digo, no el moñete.
     Luego, a media tarde, ardió el grupo de Whatsapp del gimnasio. Resulta que Yoli colgó en su estado una frase de esas lapidarias que te dan qué pensar y Fátima, que parece que el nombre le dé poderes, va y le pregunta que si aquello es por Javi, el monitor de crossfit. Y sí, era por él. Parece ser que Yoli y el macizo se liaron después de una clase pero él, que es un crápula de cuidado, la dejó inmediatamente después de catarla. Y claro, eso Yoli no pudo digerirlo. Así que ahí estuvimos todas apoyándola. La apoyamos tanto que casi la derribamos cuando empezó a salir a colación que todas nos habíamos beneficiado al buenorro de Javi.
      En fin, que no doy abasto. Se me acumulan las actualizaciones de estado, las fotos de perfil, los aforismos, los post chorras y las vacaciones de mis contactos. Así, de verdad, una no saca ni una tarde para ir al cine con su familia.

viernes, 20 de octubre de 2017

Mejor lento.

       Sin lugar a dudas. Descubrir ese momento en que tu mirada acaricia la mía y produce ese brillo característico en tu pupila. Imaginar cómo se seca tu boca para, inmediatamente, inundarse esperando a la mía. Mis ojos recorriendo lentamente tu cuello y los tuyos mis senos.
      Acercar la yema de mis dedos a los botones de tu camisa y hacerlos pasar al otro lado del ojal. Sentir tus dedos escalar mi espalda tan seguros y despacio como un sherpa por el Himalaya. Dejar asomar mi lengua al balcón de mis labios para humedecerlos deseando que se encuentren con los tuyos.
      Pasar a continuación al juego de entrecerrar párpados, contener alientos, entreabrir bocas y pechos para luego exhalar deseos al oído, abrirse en canal y liberar gritos contenidos. Todo ello muy lento, disfrutando de cada leve movimiento, gozando con cada contradicción: subir y bajar por nuestros cuerpos, entrar y salir de ellos.
       Qué duda cabe. Te deseo lento.

domingo, 15 de octubre de 2017

El mercado está fatal.

       O lo siguiente. O será que yo ya no paso por el aro. El caso es que no veo nada digno del más mínimo interés por mi parte. Porque, a ver, para muestra, un botón (o varios).
       En primer lugar podríamos citar al que está encantado de haberse conocido y pretende que tú también lo estés de conocerle a él. Bueno, en realidad esta premisa es común a casi todos... Mejor vamos con los adjetivos.
       Tenemos al arrogante, desconsiderado, egoísta, que cree que tienes que hacerle un monumento sólo por el hecho de que te dirige una mirada de soslayo. Ese si le ignoras no se lo cree y piensa que eres lesbiana. Además, va de marisabidillo y casi sufre un síncope cuando descubre que tú le das mil vueltas (en la cama o en otras lides).
       Luego está el que va de gracioso, de guays, de liberal, de “somos amigos”, de “tengo alergia al compromiso”, de“follemos ahora y seamos amigos después”… A ese en cuanto le mandas a freír monas se hace el ofendido porque, recuerda, eráis amigos.
      También podemos encontrarnos al amargado de la vida, el que va con cara de estreñido a todas partes, el que pretende que seas su paño de lágrimas, su tirita y su botiquín al completo. Eso sí, no te hagas ilusiones que, cuando esté un poco menos estreñido, se va a ir con otra cagando leches (que para algo ya no está estreñido). Pero ¡ojo! No le dejes tú o es capaz de tener una obstrucción intestinal y llenarlo todo de mierda.
      Luego vemos a alguno que otro que parece interesante pero pronto empezamos a encontrarles defectos: ¡Qué desmejorado está este! ¡Y a este le huele el aliento! A este no le han informado de la existencia del champú o tiene una almazara en la cabeza. Este otro el recuento de muelas no lo lleva bien. Y este, que cada vez que abre la boca queman un diccionario. Pues anda que este, parece sacado de una peli de terror... Vamos, que no damos con ninguno que nos apetezca que nos toque ni con un palo.
       Así que nada, aquí estamos, de casting. A ver si hay suerte y mejoran las existencias porque lo que es la exigencia ¡no va a bajar ni un pelo!

domingo, 8 de octubre de 2017

Días torcidos.

      Hay días que nacen torcidos. Seguramente ya germinaron torcidos por la noche, cuando te despertaste en varias ocasiones y te costó volverte a dormir cada vez. Y salen a la luz del día igualmente combados cuando decides levantarte y desayunar. Cuando no hallas un minuto de quietud matutina, de paz, en la que repasar las noticias mientras mojas el croissant. Se enroscan cada vez más cuando tus planes mentales se ven desbaratados por otros que, por deferencia, consideras mejor atender. Así que sacrificas los tuyos en aras de proyectos ajenos.
       Pero en realidad no quieres sacrificar nada. Te has pasado toda la semana sacrificando minutos y horas por dar prioridad a otros programas y esperabas el sábado como el sediento que anhela el agua fresca para sobrevivir un día más. Y llega el sábado, pero tienes que volver a posponer tus propósitos. Y vas acumulando todo el rencor que habías logrado mantener a raya de lunes a viernes. Lo sientes crecer en tu interior, golpeándote las sienes y revolviéndote las tripas.
      Te lo tragas una vez más. Sin embargo, cada palabra que pronuncias es mal interpretada. Cada palabra que pronuncian es engullida por el resentimiento. Y el silencio también es descifrado con el código incorrecto. Así que estallas.
      Recuerdas que cada vez que te callas algún sentimiento acabas atragantado con él. Ya notas el nudo en tu garganta, tratando de deslizarse por ella y quedando encallado una vez más. Y decides que no, que esta vez vas a soltar aire y vas a explicar lo que sientes asertivamente. No vas a permitir que aquello se encone y te dañe.
      Y exhalas. Y arguyes. Y tratas de desembrollar, de esclarecer, de solucionar. Pero, cuando alguien no quiere interpretar la realidad como se la cuentan sino como le conviene, ya puedes intentar apagar fuegos con escupitajos. Que no hay manera.
      Así que te retiras a tu esquina del ring a ver si pasa pronto la marejada y se endereza el día.